De pronto
soy esta persona, con los vestidos más finos que pueda entender mi pobre mente,
con los colores más hermosos que haya logrado descifrar y los diamantes en los
anillos más brillantes que cualquier encandilación pasada. Escuchando a Leonid
Utosov sin entender sus palabras, no porque de ruso sepa poco, sino porque el
gruñido del vinilo se mezcla con el aire y se desbordan los pixeles del sonido.
Soy esta persona, con un coñac y un cigarro, riendo disonante en una fiesta
ahumada cantando este idioma nuevo y sepiado.
De pronto
el frío, el tapado, la piel lamentada de un cadáver no humano, la vincha de
perlas se rompe, caen, las perlas, una, tres, setenta y siete, en la escalera
de carrara pulido. Río, pero las perlas eran prestadas y los vestidos y los
colores y los diamantes no son míos, son prestados de una canción que me llevó
a pensar que si tuve una vida durante la Gran Depresión y en un eterno retorno,
volví.
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