jueves, 7 de mayo de 2020

EL PRÉSTAMO


Una expresión mortuoria se adueñó de su rostro, sus manos se rigidizaron, la puntada en su cráneo se agudizó, la habitación comenzó a desmoronarse, la pinotea se desmembraba en los nudos podridos debajo de sus pies descalzos, sus uñas verdes se alargaban y las astillas de madera rota se clavaban en sus talones, el frio entró en remolinos ascendentes por la ventana abierta y tiró la camisa sobre la mesa que se inclinaba acompañando los hundimientos del piso. La puntada en su cráneo empezó a tener sonido, era un estruendo que resonaba en todas las paredes, las molduras se caían, los vidrios de las ventanas comenzaron a rajarse, desde las esquinas de los hierros pintados de verde, hasta unirse en el centro formando un ojo circular perfecto en cada paño. La puntada se multiplicó en cientos de martillos golpeando su cuerpo, lo sentía en sus huesos, y al ritmo de los martillazos las paredes cambiaban de color, de blanco a negro, pasando por todas las escalas de grises posibles, combinadas con marrones y amarillos. Fue hacia el baño, sorteando los huecos del piso, haciendo saltos dignos de un gimnasta, en cada salto las paredes ahora en tonos rojizos se acercaban entre sí, miró su reflejo en el espejo del baَño, rajado como los vidrios de las ventanas, buscó en vano las larvas en su nariz. Volvió tropezando con los muebles  caídos por toda la habitación que era ya de la mitad de su tamaño. Lo único que podía hacer era escapar, abrió la puerta rota como sus huesos. Y ahí estaba Rubén apuntando el arma en su frente.
-Me imagino que no tenés el dinero.

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