Una
expresión mortuoria se adueñó de su rostro, sus manos se rigidizaron, la
puntada en su cráneo se agudizó, la habitación comenzó a desmoronarse, la
pinotea se desmembraba en los nudos podridos debajo de sus pies descalzos, sus
uñas verdes se alargaban y las astillas de madera rota se clavaban en sus
talones, el frio entró en remolinos ascendentes por la ventana abierta y tiró
la camisa sobre la mesa que se inclinaba acompañando los hundimientos del piso.
La puntada en su cráneo empezó a tener sonido, era un estruendo que resonaba en
todas las paredes, las molduras se caían, los vidrios de las ventanas
comenzaron a rajarse, desde las esquinas de los hierros pintados de verde, hasta
unirse en el centro formando un ojo circular perfecto en cada paño. La puntada
se multiplicó en cientos de martillos golpeando su cuerpo, lo sentía en sus
huesos, y al ritmo de los martillazos las paredes cambiaban de color, de blanco
a negro, pasando por todas las escalas de grises posibles, combinadas con
marrones y amarillos. Fue hacia el baño, sorteando los huecos del piso,
haciendo saltos dignos de un gimnasta, en cada salto las paredes ahora en tonos
rojizos se acercaban entre sí, miró su reflejo en el espejo del baَño, rajado
como los vidrios de las ventanas, buscó en vano las larvas en su nariz. Volvió
tropezando con los muebles caídos por
toda la habitación que era ya de la mitad de su tamaño. Lo único que podía
hacer era escapar, abrió la puerta rota como sus huesos. Y ahí estaba Rubén
apuntando el arma en su frente.
-Me
imagino que no tenés el dinero.
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