El frío que se mete en cada
partecita. A veces pienso que a las cuatro llega la noche, que el día sólo se
puede hacer de día. Cuando tal vez podría hacer algo de noche, vivir, a solas
en mi mundo nocturno, pero no entiendo cómo se hace, no puedo registrar la vida,
se me hace pesada en estos días donde las gotas son densas, donde las hojas se
pudren, tapan las alcantarillas, me gustaría volver a la casa de mi tía Mary
que vivía con el tío Mario, quien estuvo enfermo desde antes de que yo naciera.
Mi mamá me dejaba con ellos una noche, no sé para qué. No sé por qué me gustaba
quedarme en casas ajenas, me gustaba quedarme en las casas de mis amigas, soñaba
con vivir con ellas, que se murieran mis padres y me adoptara mi abuela, o mi
tía. Me gustaba más dormir en un colchón en el piso, que en la cama de mi cuarto. Era una
aventura, pero estaba a salvo. Afuera me encontraba a salvo. Por eso cuando me
dieron la llave empecé a salir a lo que todos llamaban peligro y para mí era la
vida. Hace unos años, me empecé a sentir a salvo en mi hogar, empecé a llamar
hogar a mi hogar y afuera también pasaron cosas, entonces me empecé a guardar,
como me decían mis padres. Ahora hasta el presidente me dice que me guarde, que
estoy a salvo adentro y ahora no quiero salir, no puedo, me muero. Ahora estoy
a salvo adentro, pero no sé por cuánto tiempo. Los domingos salgo, una vez por
semana antes era poco, ahora es mucho, debería salir cada dos semanas, para
darle tiempo a la incubación, hasta quince días, sin síntomas y así, salir de mi
cueva a salvo con miedo a perder mi hogar.
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