Las paredes raídas de recuerdos
vacíos, la mano de pintura blanca diluida sobre el color de un inquilino
anterior. El colchón nuevo sobre un piso viejo. Un lugar que armó para desarmar
y armar otra vez. Y sobre ese colchón, en un rincón del cuarto, respiró
profundo sintiendo esperanza por primera vez en mucho tiempo.
Por una hora miró el celular,
esperando noticias de un sueño. Se levantó de la cama. La perra se despertó y
la siguió a la cocina. Los cigarrillos no estaban, volvió al cuarto, lo
suficientemente despojado como para perder algo. Fue al comedor y encontró el
paquete vacío.
Eran las dos, tenía que caminar
cuatro cuadras parar ir a la estación de servicio en plena noche de invierno.
Se vistió, se sentó en el colchón otra media hora, desde chica le daba miedo la
oscuridad. Desde aquel episodio del taxi, le tenía miedo a la calle.
Pero no podía dormir, y el vicio
la mantenía ocupada, la ayudaba a medir su tiempo…
Abrió la primera puerta, corrió
asustada por el pasillo, se equivocó de llave, se le cayeron, logró abrir la
segunda puerta, cerró, prendió la luz de la escalera, subió corriendo, saludó a
la perra, se sentó en la cama, prendió un cigarrillo y lloró.
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