Crujía el silencio de su respiración contenida, esperando, horas, días a
que algún atisbo de piedad la salvara, pero sus uñas crecían y su piel se iba
fundiendo con la alfombra mientras ella la miraba con pena.
-¿Te duele?
-¡Por favor! –escupió–
-¡Jodete!
Ella se acercó a la mesa, levantó con una mano el vaso sucio y con la otra
empujó las migas al suelo que no barría hace tres semanas. Las migas se unieron
con el polvo, los pelos, las migas de los días anteriores, los mocos secos, las
costras, las semillas de naranja, la mierda del perro y el cuerpo de su madre.
Llevó el vaso a la cocina y lo apoyó sobre el poco espacio que quedaba en
la mesada, entre el plato con restos de arroz con espuma verde y amarilla y la
olla quemada con una especie de mezcla de puré gris duro con puntitos ocres que
se movían despacio.
Sabiendo que aún quedaba algo de vida en el cuerpo, decidió esperar,
observar el caótico y hermoso avanzar de la muerte. Pasaron cinco años hasta
que se dignó a barrer las capas de fósiles que había visto nacer en el comedor
desde la caída.
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