No tenían aspiradora. La alfombra
del cuarto compartido, tenía que ser barrida. Su abuela paterna llegaría de
visita, no la veían hace cinco años y su padre no la veía hace al menos diez.
Jugaba esos juegos tontos que
suelen terminar en tragedia. La perforadora se cayó y con ella unos cien o
doscientos pequeños círculos de papel. Barrer la alfombra era urgente, la
abuela estaba por llegar. Era difícil, el padre le gritó. Debía levantarlos uno
por uno de ser necesario. No era rápida. Sintió como tiraban los pelos de su
nuca y como le ardían las rodillas contra la alfombra, hasta que levantó cada papel. El padre
no se quejó por las manchas de sangre. Lloró hasta que llegó su abuela. Tiempo
después le echaron la culpa sobre su muerte.
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