Se
agarrotan las piernas cruzadas estallando en insensibles carnes que debo sacudir
para que sirvan. Una hora más tarde, cada día, una hora más de sueño, de
imágenes en blanco y negro en forma de persecuciones recurrentes. Una hora más
de esperar que el mundo se solucione, como si la magia existiera, como si no
fuera permanente la ruptura del piso, la laja partida que somos al final.
Pasan las
semanas, y la escritura es cíclica, como mis altibajos, como el miedo a que mis
calambres se apoderen de las fibras que me quedan, pasan las semanas, hice
veinte poemas que no puedo publicar, porque ahora quiero participar en
concursos, como ayer quería dar clases y hoy quiero volver a ser arquitecta.
Abrí el
último paquete de fideos, el más barato y tengo miedo.
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