Quiero
participar en todas las cosas que admiro. En las artes más extremas, en los
poderes más específicos y las decisiones que cambien la vida del mundo. Una vez
publicaron un cuento mío en un libro, tenía diez años, me entregaron un premio,
hubo una ceremonia. Pero mis padres, aunque orgullosos, no hicieron grandes
festejos acerca de lo que hoy considero un enorme logro para una niña de diez
años. Mi padre quería que fuera buena en matemática y en historia, pero no en
la historia del colegio, de estrada, quería que supiera su historia, que tampoco
era la historia progresista o revolucionaria que hoy busco. Su historia era rara,
distorsionada, racista, misógina, católica, herida. Tampoco quería que fuera
una persona creativa, en el sentido disruptivo de la palabra, no fui alentada a
escribir más que las palabras de la familia.
En mi adolescencia
empecé a escuchar otras historias, despacio, como susurros, chocando con la
historia paterna arraigada, hasta que me fui a buscar una historia mía en
alguna parte nueva del mundo, con caras nuevas, con ganas de pertenecer a
sociedades distintas. En los siguientes años estuve perdida, como flotando
entre tantas historias, satisfaciendo, inventando colores, buscando respuestas,
encontrando más preguntas, todas dolorosas, abiertas, decididas, sangrantes. Encontré
música y admiración por un mundo que no conocía, como una distopía de mi padre,
como una revolución eterna, despertares, fuegos injustos, mares negros
derramados, pieles perseguidas.
Encontré
amor y entendimiento, odio, desilusión. Encontré una historia diversa,
inclusiva, emergente, cosas que admiro, artes extremas, poderes específicos,
decisiones en las que quiero participar para seguir escribiendo una historia
justa que cambie la vida del mundo.
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