Escuché que estos fueron
climáticamente los mejores días de la historia de la humanidad. Es posible que
sea cierto. El rinconcito de mi balcón es una muestra climática de un sol
bondadoso que todos los días se mueve, más chiquito, más a la izquierda.
Antes el sol entraba al cuarto,
hasta la mitad de la cama. Ahora para que el sol me dé en la frente tengo que
sentarme en el piso del rinconcito.
Las ramas de un árbol que debería
estar ya sin hojas crecieron y tamizan el sol. A veces amables, a veces mal
educados. Y hoy domingo, como todos los domingos de esta cuarentena, busco ese
rinconcito de sol, cada vez más chiquito, más a la izquierda, porque se sigue
moviendo.
Siento que el domingo que viene tendré
que limpiar la esquina del balcón, llena de telarañas, de hojas muertas y de
bichos vivos, para poder sentarme en mi rinconcito de sol, cada vez más a la
izquierda y más chiquito.
Tal vez en dos semanas tenga que
coserme, amurarme a la pared, mutilarme alguna extremidad o la mitad de la
cara, para tener aunque sea, unos minutos de sol.
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