Es que
puede ser, Mariana, que haya un código que no nos dieron para interpretar esto.
Si es que es real, porque esta neblina pesada no se ve, pero está hecha de los
sentimientos más oscuros. Al contrario de tus manos nubladas, las mías las veo
demasiado, sumergidas en costras y polvo de piel. ¿Sabías que el
noventa por ciento del polvo de una casa es piel muerta? Barro dos veces por
día. A la mañana, después del primer café y antes del segundo. A la noche antes
de cocinar o abrir el vino. Mi casa no es muy grande, un cuarto, un baño, un
living-comedor pequeño y una cocina no tan pequeña pero lejos de ser grande. Al
menos no como las cocinas que me imagino, con metros y metros de mesada, con
heladeras de doble puerta y una isla central con banquetas para desayunar y
espacio libre para amasar dos o tres pizzas. Cada vez que barro levanto, por decir
una medida, una taza de polvo. Vivo sola Mariana y todo eso es mi piel. Es la
piel de mis manos que se descama. Ojalá no pudiera verlas, si las extiendo se
me caen al suelo como dos cadáveres de ratas. Pero te entiendo, es difícil
interpretar la realidad, lo que a vos se te diluye a mí se me desgarra.
Yo tampoco encuentro reflexiones posibles en esta
incertidumbre, ¿qué tipo de psicópata se pondría a reflexionar? Te felicito por
rebelarte, yo no pude aun, tengo miedo a que el sistema me devore como una boa constrictora,
de a poco, mirándome fijo por varios días, durmiendo a mi lado, estirándose, midiéndome,
hasta que sea tarde, me abrace, durante un mes hasta que me asfixie por falta
de aire, hasta que mis manos se separen de mis brazos, hasta que empiecen a
sangrar mis oídos y dé el golpe en mis costillas para que se partan en
cristales astillados y perforen mis pulmones por dentro y mi piel por fuera,
pero a su piel, por muy cerca que esté de la mía, por más que sea una ya con mi
piel, no le harán nada, es fuerte, como un buen depredador merece serlo. Y entonces
indefensa, sin manos y con los pulmones rotos, la boa comenzará después de un
mes a tragarme de a poco, empezando por los pies, para evitar que con un resabio
de fuerza intente correr. Y lentamente con el ácido de su saliva quemándome cada
centímetro, un mes después llegara a mis ojos, más negros que nunca para calmar
mi ansiedad.
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