Las palabras
calladas se atoran entre el pecho y la garganta, se acumulan, pesan y se ahogan.
Las palabras calladas aunque sean pocas, o aunque sean buenas, se atragantan y
te matan de a poco. Un te amo no dicho, puede ser el puñal más certero y
crónico.
A veces está
bien, escribir solo por escribir. Para perder miedo. Para ganar ganas. No
perder la costumbre. Para que sea un vicio. El mejor vicio. Una adicción
almática.
Necesito hacer.
Pedir milagros y dar gracias. Gracias por el esfuerzo, por seguir adelante, por
dormir.
Pido por poder
decir que no. Todo va a estar bien. De alguna forma.
El primer día de
la cuarentena, escribí en mi cuaderno de tareas diarias:
“Hoy es el primer
día de cuarentena nacional, siento que es una oportunidad para marcar y cumplir
objetivos, replantearme muchos aspectos de mi vida y mi orden de prioridades.
Cuidarme y dedicar tiempo a mi construcción personal.”
Que estúpida… y
qué visionaria!
Lloro por el mal
del mundo. Lloro porque siento miedo, porque sigue pasando, porque nada importa
si se apropian de la vida. No estaba siquiera en planes de existencia cuando fue
el último golpe de estado. Tengo la suerte, el privilegio -como odio esa
palabra cuando la mayoría de los privilegios son en realidad derechos-, de
haber nacido en democracia, de conocer mi identidad, de poder expresarme. Pero
lloro porque la intolerancia, la violencia, el extremismo, existe, sigue
existiendo, en nuestro país y en el mundo.
La opresión, tal
vez es otra. Pero no puedo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario