La presencia de la vida se detecta donde opera el poder, donde su control
desde lo político es necesario y el capitalismo utiliza para ello el aparato
estatal. Es allí es donde la vida está punzando, ya sea por la expansión de su
existencia o por el peligro de la misma.
En Cadáver Exquisito hay un contrato bajo el orden de lo tánato-político,
cuando se rompe el contrato, se extingue la vida, se pierde lo identitario a
nivel jurídico, se pierde la palabra, se transgrede la carne y ésta se
transforma en bien de consumo. Como si se renunciara a la voluntad de ser
sujeto para ser objeto.
La noción de vida se presenta en la novela en distintos niveles, pero se
expande en los momentos que se va a encontrar con su límite. Todo circula en
torno a la puesta en jaque del valor de la vida y su real significado. En donde
vida no es sólo lo biológico. Está más
cercano al téchne que al zoé, la vida para existir posee un marco civil, un
control exhaustivo desde su legislación y cuando se desliga de esto se
convierte y extingue. La vida conforma un círculo necesario, integrador de
poder y límite del mismo. Sin ella no hay poder y el poder la controla y limita
a su vez.
Aún bajo el peligro de muerte el personaje principal encuentra vida en esa
tensión, ya sea acatando las presiones para continuar con la vida en términos
biológicos, o transgrediendo los límites por considerar su vida moral o
intelectual más importante que la vida corpórea. Su inconformidad por la rutina
burocrática y desmembrante, el asco por la sangre, por su labor, no le es
suficiente para alzarse manifiestamente en contra del poder. Él encuentra el
hueco para alcanzar un retazo de vida que le fue robada al morir su hijo, al
ser abandonado por su esposa, al declarar incapaz a su padre, al ser utilizado
por su hermana y al verse obligado a realizar un trabajo que considera inmoral.
Siempre tras el velo de la legalidad, tuerce las reglas para hacerlas funcionar
a su favor. Pero el miedo al poder, está latente, en cada viaje en auto, en
cada cigarrillo nervioso, en cada llamada telefónica y en la acumulacion de
sucesos determinantes de la historia que se condensan en un mismo día. La
autora utiliza el tiempo como colapso de eventos que explosionan en vida. Hay
un avanzar continuo hacia una rutina tan vital como mortuoria y la vida se
apresura en determinados días, porque se tensiona con los límites y con el
miedo a la penalización de sus actos, a la muerte.
También utiliza los espacios, el criadero, el matadero y el frigorífico
como desborde de vida. Es irónico como el lugar donde más cercenada está la
vida, donde la existencia de cada ser implica la inminencia de la muerte, el
control constante, el biopoder en pleno accionar: es ahí donde la vida está más
presente. Como si la cercanía al final implicara la puesta en valor ; el
zoológico como limbo estacional, como receso y como respiro, como escape de los
límites impuestos, como bocanada de aire en el ahogo que representa la presión
del poder; la casa como el lugar privado donde hasta por su posición
geográfica, se separa de las redes del poder (y cómo la llegada del ente
controlador lo atraviesa en miedo y paranoia); el geriátrico y la casa de su
hermana como desligues totales de lo vital para él, como heridas sin cerrar.
Siempre en cada lugar se rasga y penetra algo del otro, la vida se escapa y vuelve
a entrar convertida por algún tajo.
La vida aparece también en lo médico: desde el peligro de muerte por las
epidemias, hasta la legalización y legislación de un método de alimentación
presupuesto inmoral en aras de preservar la especie. Aun en la teoría
conspirativa de la liberación del virus como control poblacional, se maneja el
término de salud como algo sumamente controlado por el aparato estatal. Tanto en el miedo a la enfermedad, como en el
padecer de estas, la vida aparece ya sea como alerta o mecanismo de control, o
como aviso de una fecha de vencimiento. Como el hambre, el miedo a la
enfermedad, opera como un elemento de coerción. Esto se visibiliza en el
laboratorio, en los falsos velatorios, en el protocolo de manipulación de las
cabezas y de la carne, en la instauración
de mecanismos e instituciones que regulen estas prácticas. La vida aparece sojuzgada a este aparato
controlador que deja marcas en la carne, quemaduras, cortes, que animalizan y
distancian la mirada de los que las manipulan.
Por último la autora toma la palabra como eje de rasgo humano y por lo
tanto de vida. La palabra se transforma en pulsión bajo la presión del biopoder
devenido en soberano de la carne. El relato aséptico, evita la repulsión por
las descripciones detallistas de los procedimientos que coartan la vida de las
cabezas. Esta distancia es la misma que pone el aparato estatal controlando el
lenguaje. La utilización o no de la palabra genera vida, la traduce, la
transforma y la finiquita. Y es la palabra la verdadera fuente de vida en
términos de humanidad, de ciudadanía, de téchne. Es el uso de determinadas
palabras lo que diferencia la vida y la muerte. Es el silencio el miedo al
poder y a su vez un rasgo de lo animal. Es la falta de palabra la extinción de
la vida.
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