domingo, 26 de abril de 2020

LA VIDA - Análisis de Cadáver Exquisito de Bazterrica

La presencia de la vida se detecta donde opera el poder, donde su control desde lo político es necesario y el capitalismo utiliza para ello el aparato estatal. Es allí es donde la vida está punzando, ya sea por la expansión de su existencia  o por el peligro de la misma. En Cadáver Exquisito hay un contrato bajo el orden de lo tánato-político, cuando se rompe el contrato, se extingue la vida, se pierde lo identitario a nivel jurídico, se pierde la palabra, se transgrede la carne y ésta se transforma en bien de consumo. Como si se renunciara a la voluntad de ser sujeto para ser objeto.
La noción de vida se presenta en la novela en distintos niveles, pero se expande en los momentos que se va a encontrar con su límite. Todo circula en torno a la puesta en jaque del valor de la vida y su real significado. En donde vida  no es sólo lo biológico. Está más cercano al téchne que al zoé, la vida para existir posee un marco civil, un control exhaustivo desde su legislación y cuando se desliga de esto se convierte y extingue. La vida conforma un círculo necesario, integrador de poder y límite del mismo. Sin ella no hay poder y el poder la controla y limita a su vez.
Aún bajo el peligro de muerte el personaje principal encuentra vida en esa tensión, ya sea acatando las presiones para continuar con la vida en términos biológicos, o transgrediendo los límites por considerar su vida moral o intelectual más importante que la vida corpórea. Su inconformidad por la rutina burocrática y desmembrante, el asco por la sangre, por su labor, no le es suficiente para alzarse manifiestamente en contra del poder. Él encuentra el hueco para alcanzar un retazo de vida que le fue robada al morir su hijo, al ser abandonado por su esposa, al declarar incapaz a su padre, al ser utilizado por su hermana y al verse obligado a realizar un trabajo que considera inmoral. Siempre tras el velo de la legalidad, tuerce las reglas para hacerlas funcionar a su favor. Pero el miedo al poder, está latente, en cada viaje en auto, en cada cigarrillo nervioso, en cada llamada telefónica y en la acumulacion de sucesos determinantes de la historia que se condensan en un mismo día. La autora utiliza el tiempo como colapso de eventos que explosionan en vida. Hay un avanzar continuo hacia una rutina tan vital como mortuoria y la vida se apresura en determinados días, porque se tensiona con los límites y con el miedo a la penalización de sus actos, a la muerte.
También utiliza los espacios, el criadero, el matadero y el frigorífico como desborde de vida. Es irónico como el lugar donde más cercenada está la vida, donde la existencia de cada ser implica la inminencia de la muerte, el control constante, el biopoder en pleno accionar: es ahí donde la vida está más presente. Como si la cercanía al final implicara la puesta en valor ; el zoológico como limbo estacional, como receso y como respiro, como escape de los límites impuestos, como bocanada de aire en el ahogo que representa la presión del poder; la casa como el lugar privado donde hasta por su posición geográfica, se separa de las redes del poder (y cómo la llegada del ente controlador lo atraviesa en miedo y paranoia); el geriátrico y la casa de su hermana como desligues totales de lo vital para él, como heridas sin cerrar. Siempre en cada lugar se rasga y penetra algo del otro, la vida se escapa y vuelve a entrar convertida por algún tajo.
La vida aparece también en lo médico: desde el peligro de muerte por las epidemias, hasta la legalización y legislación de un método de alimentación presupuesto inmoral en aras de preservar la especie. Aun en la teoría conspirativa de la liberación del virus como control poblacional, se maneja el término de salud como algo sumamente controlado por el aparato estatal.  Tanto en el miedo a la enfermedad, como en el padecer de estas, la vida aparece ya sea como alerta o mecanismo de control, o como aviso de una fecha de vencimiento. Como el hambre, el miedo a la enfermedad, opera como un elemento de coerción. Esto se visibiliza en el laboratorio, en los falsos velatorios, en el protocolo de manipulación de las cabezas y de la carne, en la instauración  de mecanismos e instituciones que regulen estas prácticas.  La vida aparece sojuzgada a este aparato controlador que deja marcas en la carne, quemaduras, cortes, que animalizan y distancian la mirada de los que las manipulan.
Por último la autora toma la palabra como eje de rasgo humano y por lo tanto de vida. La palabra se transforma en pulsión bajo la presión del biopoder devenido en soberano de la carne. El relato aséptico, evita la repulsión por las descripciones detallistas de los procedimientos que coartan la vida de las cabezas. Esta distancia es la misma que pone el aparato estatal controlando el lenguaje. La utilización o no de la palabra genera vida, la traduce, la transforma y la finiquita. Y es la palabra la verdadera fuente de vida en términos de humanidad, de ciudadanía, de téchne. Es el uso de determinadas palabras lo que diferencia la vida y la muerte. Es el silencio el miedo al poder y a su vez un rasgo de lo animal. Es la falta de palabra la extinción de la vida.

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