Hoy quiero ver lo
bueno aunque me cueste mucho. ¿Pero cómo, si tengo las uñas tan frágiles y la
piel tan seca... si se me cae el pelo, si no me quedan músculos?
Tengo heridas de
rasguños que están cicatrizando con hilos, mugre y pelos dentro. Cuando veo ese
tipo de cosas recuerdo que un quiste de queratina puede tener pelos y
dientes en su interior. Tiemblo del asco que puede ser el cuerpo, me da escalofríos
pensar que dentro mío se puede estar formando mi enemigo, un ser humano, un
tumor o un virus. Pienso en todo lo que odiaba de mi cuerpo y hoy ya no es tan
importante.
Hoy quiero ver lo
bueno y no puedo. Mi madre vino a visitarme, sin avisar. Me dio ternura y
bronca.
Entendí o
traduje, que es incapaz de expresar sentimientos sin presentarse desde el papel
de víctima o desde el desborde. Me dio bronca porque quisiera tener un buen
ejemplo de madre y de mujer.
Me dio ternura
porque aunque sea incapaz de expresarlo me quiere, me extraña y se preocupa por
mí.
Me dio bronca
porque no me gusta su forma de ser y me dio ternura porque hace lo que puede,
la vida no fue buena con ella, conmigo tampoco.
Y yo también hago
lo que puedo. Y si la puedo perdonar algún día, tal vez también me pueda
perdonar a mí.
Volviendo a mis
manos, siento que no son mías, que les falta agua y comida, que no les llega la
vida. Mis manos ya no tienen sustancia, la piel se puso muy fina, los poros se
agrandaron y el jabón, el alcohol, la lavandina, el virus, entran.
Entran por los
poros, por la carne entre mis uñas y sus grietas, por la herida infectada del
pulgar izquierdo.
¿Es esto lo que me
hace feliz? ¿Escribir sobre mis manos rotas?
Creo que me hace
feliz el silencio del teléfono y la concentración que puedo tener cuando
escribo con mis manos que están latiendo y sosteniendo el papel y el lápiz y pueden
saber con mis palabras, que existen y que me preocupo por ellas. Y así es
posible, que me perdonen también.
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