El encierro puede ser
la forma más sutil de morir.
De a poquito, las paredes se hacen más gruesas y
las ventanas no se pueden abrir. Después desaparecen, las ventanas digo. En el
frente el ventanal se hizo ladrillo visto, como si hubieran tapiado desde
afuera. Siento a veces las voces de los albañiles, tapiando. No era necesario
poner ladrillos, con trabar los postigones era suficiente, pero creo que la
meta no es sólo que yo no salga, sino que nada entre. Ahora en el cuarto no
entra el aire, ni el ruido y yo me siento mejor, pero sé que algo me esconden.
Como en la Casa Tomada, escucho sus voces, pero en vez de obligarme a salir, me obligan a
entrar más. Ahora la puerta que da al patio, no se puede abrir, antes era de
chapa y vidrio, pero la cambiaron por una madera maciza, sin bisagras,
sin picaporte. Pesa demasiado y siento que detrás de la falsa puerta pusieron
algo más, como una barricada para que no logre empujarla.
Sólo me queda la
ventana del fondo, que originalmente tenía unas rejas oxidadas verticales, mi
cabeza no pasaba por esas rejas pero sí me pasaban los brazos. Ahora cambiaron
la reja por una chapa microperforada, todavía entra el aire y el sonido, pero
cada vez menos, pronto cambiarán la chapa por ladrillos.
La luz ya no entra y
el cielo, es un mito.
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